domingo, 4 de febrero de 2007

Hola, chavales

¡Hola! ¿Cómo andáis?

Os escribo sólo unas líneas para agradeceros vuestra amabilidad y vuestra paciencia el lunes pasado. Yo me lo pasé muy bien con vosotros jugando con Marcial, Freud y Buda, el de Benarés, jajaja... Me encantó pasar un rato con vosotros y aprendí un montón de cosas a través de vuestras preguntas. Sobre todo, al ver que lo que ocurre dentro de los institutos no es tan horrible como cuentan los periódicos, que sólo se dedican a hablar mal de los burros de la logse y todas esas cosas. Aprendí mucho más que lo que posiblemente vosotros aprendisteis de mí, triste profesor de provincias. Tenéis mucha suerte de tener un profesor como Benjamín al que admiro y quiero —ambas cosas no son fáciles de deslindar— desde mucho antes de que vosotros nacierais. Fijaos si somos viejos... Pero es verdad. Nunca podréis dar las suficientes gracias a Zeus de que El haya puesto en vuestro camino a una de las personas más inteligentes y sensibles que pisan las aulas de este país. Estas cosas me las puedo permitir en público porque también se las digo a la cara. Aunque como somos amigos, y de tanto tiempo, por supuesto que también me permito decirle todo tipo de cosas horribles, pero verdaderas, respecto a muchas otros asuntos. Aprovechadlo y tratad de exprimir todo lo posible su inmensa generosidad. Os garantizo que, por desgracia, en la universidad —por supuesto, debéis ir a la universidad— os encontraréis en general con gente mucho más mediocre. Pero no os desaniméis, por encima de toda la burricie humana, siempre estará vuestra capacidad de sentir y gozar el arte y la vida.

Me despido ya de vosotros diciéndoos que me encantaría, si os apetece, seguir en contacto con vosotros.

Un abrazo y muchas gracias

Gonzalo

1 comentario:

Benjamín dijo...

Bueno, Gonzalo es tan generoso y tan buen amigo que no retrocede ante la exageración. De todos modos haced caso de lo importante: lo bien que funcionó la experiencia, lo enriquecedora que fue para todos, las ganas de aprender y descubrirnos a nosotros mismos detrás del velo de la latinidad y la grecidad... He aquí la verdad necesaria, imprescindible, que emergió en nuestras conciencias y nuestros corazones, limpios de envidias, ignorancias, miserias. Llenos de saberes, riquezas y alegrías.